Una incertidumbre que reposa sobre dos certezas

Un ensayo de Gaspar Núñez a partir de la muestra “Del dolor y otros juegos” de Marcos Figueroa con curaduría de Luis María Rojas en Fulana Galería, Tafí Viejo, Tucumán. 22 abril al 18 junio 2022

Contra todo ritual que disuelve la muestra en la fiesta, que mezcla los cuerpos con las obras y posterga la hoja de sala para cuando pase la resaca, recorrí la muestra de Marcos luego de haber leído el texto. Y no al revés.

Entrando, una típica casa de Tafí Viejo se abre al público, retomando las fantasías de lo que fue la casa-taller de una artista de esa ciudad. Fulana Galería guarda una tipología amable, hogareña: de techo plano y jardín de verjas bajas, con árboles frondosos en la calle, amplia y silenciosa.

Ninguna obra en la muestra es igual a la de al lado y, a la vez, no son diferentes. Las abraza un aire de familia en que los genes se trocan armando un conjunto acotado, lo que en arte se suele llamar serie.

Si en unas obras hay una referencia más explícita a la nada negra del suprematismo, en otras aparece la mancha informalista o del dripping. En una, la pintura chorreada sobre el bastidor disimula las tachuelas erizadas, en otra, el alambre de púas representa una salpicadura de pintura, escondiendo de otra forma su peligrosidad.

Está presente esa sospechosa cercanía con la planicidad de la pintura. Pero más sospechosa aún es la disposición reticular y matemática a la que responden aquellas puntas y elementos cortantes que se proyectan hacia nosotres. La provocación no queda en la mera vibración cromática, como los patrones que supo dar el op-art, sino que avanza hacia una confrontación de hecho. Las obras nos increpan fácticamente con su forma y materia, suavizadas sólo por un velo de piedad.

En el texto curatorial, LM Rojas dice que los opuestos se entrelazan para construir una imagen paradójica, un oxímoron visual, del que resulta un bucle hermenéutico que solapa una y otra vez violencia y belleza, amor y dolor, agresión y ternura.

El curador señala y reitera la aporía del oxímoron presente en las obras. Ésta parece ser una de las problemáticas más desarrolladas a lo largo de los años en la obra de Marcos. Ya en 1993, J Figueroa decía de este artista ser «una síntesis» en que conviven las características más marcadas de dos generaciones antitéticas. En 1994, el valenciano JA Basco Carrascosa escribe que Marcos, en un hábil juego combinatorio, une elementos extraídos de su pozo cultural autóctono con referencias iconográficas resultantes de los mass-media. Lo que, sin duda, intentaría desarmar el esquema antagónico de «áreas abiertas» y «áreas cerradas» de M Traba que hizo mella en Tucumán.

El propio artista escribió en 2007: decidí poner a dialogar, en un clima de tensión, dos tramas diferentes pero recíprocamente implicadas en que no sólo se aborda la violencia, sino también, en simultáneo, diversas manifestaciones de sus aspectos opuestos. Y en 2015, el mismo LM Rojas se pregunta ¿Qué sucede cuando un conjunto de significantes choca con otro conjunto disímil? Conceptos abstractos como la libertad, el amor, la belleza o la sensualidad son atravesados, encarnados y puestos en situación por aquel material hostil y peligroso, planteando un juego de contradicciones. Este autor, además, escribió sobre el arte como un sistema de construcción de conocimiento en la obra de Marcos.

Izq: Pintura sobre bastidor. 2008. Alambres de púas y madera. 100×100 cm
Der: Sonata. 1996. Técnica mixta. 190×190 cm.

Me gustaría detenerme en esto: ¿qué diferencia al arte de otros modelos epistemológicos?

Desde el arte se entiende que la polisemia es democrática en tanto emancipa y empodera a les espectadores y les deja ante una libertad interpretativa. Esto es acompañado por posturas que equiparan la lectura con la escritura o la contemplación con la producción artística, en tanto ambas prácticas supondrían un acto creativo sin jerarquías. 

Por ello, es común que gran parte del arte celebre las obras no sólo ambiguas, sino esencialmente ambiguas, sustancialmente polisémicas. Desde luego, este pensamiento se opone a la univocidad de discursos panfletarios, por ejemplo, los que se entienden como análogos a gestos totalitarios o verticalistas.

Así, el arte ha constituido su modelo particular de conocimiento mediante el delta de la ambigüedad. Es la polisemia la característica propia del arte, que lo diferencia de otros sistemas de conocimiento y de otros modos de vincularse con el mundo como el saber científico, el pensamiento filosófico y el conocimiento espiritual o religioso. 

Cuando M Holgado decía: «mi visión de la realidad, fragmentada, caótica, inhóspita, coincide con lo que quiero traducir en mi pintura», daba cuenta de esta ambigüedad e incertidumbre con que el arte -en tanto sistema de conocimiento- entabla diálogo con el mundo. Sin embargo, es común que el público general, al ver una obra, se oponga a la polisemia de la que gusta el arte. Señalando esa apertura como un lenguaje opaco, hermético, encriptado, etc.

Como se ha repetido muchísimas veces, el término democracia surge de la articulación de ‘pueblo’ y ‘gobernar’. Entonces, mientras el arte persigue un ideal democrático al dar ese margen de libertad interpretativa a les espectadores, el pueblo reclama al arte ser una forma de conocimiento hermética o antidemocrática. Y la polisemia, si bien produce imágenes potentes para un restringido círculo de ojos educados, carece de capacidad política en tanto no alcanza el interés del grueso de espectadores, el pueblo.

El discernimiento por medio del gusto es la arena en que les espectadores de arte podemos ejercer realmente nuestra más absoluta soberanía, ya que nadie puede exigir explicaciones ni fundamentaciones lógicas (propias de la ciencia o filosofía). El gusto es, asimismo, un espacio particularmente exclusivo de la esfera del conocimiento artístico.

Se podría criticar esto al decir que hay fuerzas externas que constantemente intentan direccionar nuestro gusto y torcer nuestra individualidad, por lo que no es totalmente soberano. Sin embargo, esto mismo sucede en el juego democrático y ese despliegue persuasivo es parte fundamental de su ejercicio soberano.

La polisemia es un movimiento que se distancia de las verdades y lo unívoco a que se acostumbra la ciencia. Por esto, Marcos titula sus muestras con expresiones como “Topografías alteradas” (La Punta, 2007), “Transposiciones, traducciones y otros hábitos” (Borde, 2015) o “Del dolor y otros juegos” (Fulana, 2022). Hay una sospechosa similitud con, por ejemplo, títulos de ponencias en que se busca una precisión argumentativa, como guiños con el saber instituido: la academia, que es el punto de fricción más explícito e incómodo entre arte y ciencia. La univocidad indiscutible de la ciencia se ha esforzado por eclipsar otras formas de conocimiento como el artístico, filosófico y espiritual. Marcos entonces, al -desde el arte- aludir a tal lenguaje, intenta generar cierto desconcierto o levantar cierta sospecha, dejando en claro su interés por problematizar estas nociones y reflexionar sobre los bordes epistemológicos del arte.

Podríamos decir que esta figura que reúne lo contradictorio, el oxímoron, es como el atajo para dar con la puerta de entrada a la polisemia artística. La cual parte de la idea de que algo puede contener (o disparar) lo múltiple, entonces el oxímoron dirá que él es múltiple en tanto que no es uno, sino dos. No es unívoco ya que no es uno, pero tampoco es múltiple ya que no son muchos, sino dos. Por ello el oxímoron es la forma mínima de lo múltiple y la forma más económica de polisemia, así como el triángulo es la figura geométrica mínima, ya que no puede haber un plano de menos de tres lados.

El oxímoron entonces es una búsqueda de incertidumbre que mantiene dos puntos de apoyo, una incertidumbre que reposa sobre dos certezas que se niegan mutuamente.

A lo largo de la historia del arte se ha visto de qué forma la pintura, al reducirse a su expresión mínima, más radicalmente sintética, ha encontrado la manera para sobrevivir a procesos culturales complejos. Este gesto de reducción al mínimo es entonces una voluntad de trascendencia, de sortear las circunstancias dadas como una estrategia propia de la capacidad de supervivencia. Cuadrado negro sobre fondo blanco de K Malevich reduce la pintura a un plano de color y, al posibilitar ver pintura en ese espacio casi vacío, permite el ingreso a esta disciplina de casi cualquier cosa, salvándola de su desaparición.  

Voy a proponer que el arte contemporáneo más fervientemente polisémico se entrampa a sí. Mientras, por un lado, se ve en la ambigüedad un acto de liberación interpretativa, por otro, el sistema del arte se preocupa particularmente en no reducir o bajar sus estándares de ambigüedad para así salvar al arte de lecturas que considera chatas o simplistas. En ese acto de evitar la reducción interpone andamiajes conceptuales, estructuras teóricas acompañadas de políticas institucionales pedagógicas que buscan entablar vínculo con el público más amplio. Diseña complejos artilugios que le devuelvan o le aseguren la cuota de polisemia que éste espera o cree merecer, friccionado así el acto soberano de discernimiento directo a través del gusto del público, base del espíritu democrático que persigue la polisemia del arte.

Es evidente cómo, el arte, cuando trasciende su circunscripta esfera, siente la mayoría de las veces que las obras son reducidas a algunos pocos aspectos o rasgos, degradando su espectro de ambigüedad. Es realmente muy poco frecuente que, por ejemplo, une artista se sienta cómode con los comentarios y las preguntas que se le puedan hacer en medios masivos a partir de una obra suya.

El arte sufre o reniega de la reducción ajena para consigo, pero supo celebrar la reducción propia para sortear aquellos momentos críticos de su historia. De hecho, M Herrera señala que la reducción es una estrategia del arte actual. Entonces, el oxímoron tensa las convenciones del arte al máximo, para enunciarse desde sus márgenes y logra llegar a donde busca -y difícilmente podría- la polisemia más plena. La capacidad del oxímoron es política, toma distancia del arte metafísico o especulativo, polisémico y ambiguo. Por esto diría que la capacidad del oxímoron no es abstracta, como la ambigüedad interpretativa, sino que tiene un valor de uso, un valor práctico. Despliega sus capacidades al disolverse en la praxis social y es por esto que es más frecuente que la gente sienta que puede hablar sobre arte por medio del oxímoron.

Algunos casos paradigmáticos son, por ejemplo, el de L Ferrari en el CCR 2005 y más recientemente el de C Beltrame con “Revés de trama”, el año pasado en nuestra ciudad. Y desde luego, Marcos, que ha desarrollado gran parte de su producción en esta línea.

Es importante decir que la escena del arte en Tucumán está marcada desde hace más de 35 años por algunas diferencias estéticas y éticas que parecieran irreconciliables. LM Rojas y M Gallo se refieren a esto como una coexistencia incómoda en la actualidad, o una convivencia no pacífica entre dos modos de producir y entender el arte, que ha generado discursos contrapuestos y luchas simbólicas. Aunque esto no siempre fue así. F Amin, en una entrevista, dijo que habían en Tucumán tres grupos: los académicos (Terragni, Oliva), los independientes (Osorio Luque, los Iramain) y los vanguardistas que eran Nieto, Lobo y Navarro. También se recuerda que la Peña El Cardón podía convocar a las más diversas posturas estéticas, aglutinadas por la complicidad de la noche.

Es evidente que el parricidio, aquella creencia de parte de les artistas tucumanes, es una doctrina remanente que no se ha podido metabolizar. Una piedra que no se digiere en los estómagos, por lo que los antagonismos continúan firmes. Como dos demonios de un esquema maniqueo.

Durante largo tiempo, el arte fue sinónimo de producción de trofeos de guerra, ya que entonces, el arte era la guerra misma. Los movimientos y tendencias se sucedían unas a otras en contraposición a lo anterior, como si fueran -en palabras de J Romero Brest- gobiernos de facto. Pero ciertes artistas hoy parecen estar abocades en construir puentes antes que quemarlos. Si en el arte de Tucumán existen dos bloques que parecían no poder dialogar, es sólo un modelo a escala de la grieta política nacional, que nos identifica desde hace siglos. Marcos apela al oxímoron para incidir en aquella discusión histórica y, sobre todo, para encontrar una salida al esquema de opuestos políticos irreconciliables de la escena artística tucumana. Recurre al oxímoron para sostener que existe una posición alternativa. Desde el arte, Marcos se hace de herramientas de negociación hacia adentro y afuera del arte.

Oxímoron acá es izar una bandera de tregua.

1: detalle Campo blanco
2: Campo blanco/Blanco. 2019. Tachuelas y látex sobre bastidor. 100×100 cm.
3: Celeste cielo. 2018. Tela estampada con tachuelas. 60×60 cm.
4: registro parcial de «Del dolor y otros juegos», Fulana Galería 2022.

transformarse en lo que uno ama

Una entrevista, hasta ahora inédita, con Carlos Busqued.

Por Teresita Garabana*

A comienzos del 2013 abandoné Tucumán y me mudé a Buenos Aires sin un objetivo claro. Me inscribí en la Especialización en Periodismo Cultural ofrecida por la UNLP, que se cursaba en Capital. En el contexto de ese posgrado que nunca terminé, Mariana Enríquez nos dio como consigna hacer una entrevista. Siendo una extraña en la ciudad, sin muchos contactos, se me ocurrió mandarle un mensaje privado por tuiter a Carlos Busqued. Le dije que quería hacerle una entrevista, que era una tarea para la facultad, que probablemente nunca iba a publicarla. Aceptó con gusto y quedamos en encontrarnos en La Academia, el bar-billar de Callao casi Corrientes. 

Yo estaba nerviosa. Era la primera vez que hacía una entrevista, y hasta el momento no hice otras. La timidez, la inseguridad y la suerte me sacaron muy rápido del camino del periodismo y me colocaron —por el momento— en el de la investigación académica. Tengo que reconocer que me resulta más cómodo esconderme a leer revistas del siglo XIX y escribir algún paper que leerán un puñado de personas, antes que sentarme frente a un desconocido, preguntarle de todo y publicar los resultados en algún medio de comunicación. El riesgo es que lo lea más gente, que a alguien no le guste, que piensen que soy tonta o aburrida. 

Entonces, tal como le dije en su momento, la entrevista nunca se publicó. Pero ahora que Carlos murió repentinamente, siento la necesidad de que algo de esa charla salga a la luz. No por mí, que estoy muy alejada del mundo de los medios de comunicación, sino porque creo que la muerte de alguien tan especial merece que sean recuperadas, en lo posible, todas las palabras que haya dicho. Después de todo, mi trabajo como historiadora es, hasta cierto punto, hacer hablar a los muertos.

Esa noche de octubre —recién podíamos encontrarnos a las 20, porque antes él daba su taller— llegó al bar con una bermuda de jean, zapatillas blancas y la remera gris con un chanchito rosa que se ve en varias de sus fotos. Nos tomamos unas cuantas cervezas y hablamos casi tres horas. La conversación se fue para todos lados: me habló de su ex mujer, de las chicas con las que se estaba viendo, de su relación con las drogas. Pero yo, siempre buena alumna y muy apegada a hacer lo correcto, le prometí que rescataría las partes en las que hablaba, principalmente, de literatura. Ahora me arrepiento, claro, porque en algún momento perdí la grabación.  

Lo primero que percibí al conocer a Carlos fue un contraste evidente entre la misantropía con la que hablaba desde su cuenta de tuiter y el tono suave y amable con el que se dirigía a las personas: al mozo del bar, a la muchacha que pasó vendiendo estampitas, a mí.

En 2008, tras casi cuatro años de elaboración y correcciones, Busqued había terminado su primera novela, Bajo este sol tremendo, y la había mandado al concurso Herralde de novela. Según me dijo, lo hizo ‘’por caradura, porque la novela era corta y este era uno de los pocos concursos que no pedían una extensión mínima’’. Dos meses después, el mismísimo Jorge Herralde le mandó un email en el que le informaba que era finalista del concurso, y que independientemente del resultado, su novela sería publicada al año siguiente en Anagrama. 

El libro, la historia de un hombre apático que está desempleado y tiene que regresar a su pequeño pueblo natal cuando le anuncian que su madre y su hermano fueron asesinados a escopetazos, obtuvo el reconocimiento que ya sabemos. 

Cuando lo entrevisté, casi cinco años después, Bajo este sol tremendo seguía dando que hablar, aunque sus fans también nos preguntábamos cuándo publicaría otra. Queríamos más. 

—Leyendo un poco sobre tu vida, es fácil notar que la publicación del libro marcó un antes y un después. ¿Es así? ¿Pensás en tu vida anterior? 

—Sí, es un poco así. Pienso con terror en mi vida anterior. Yo vengo de una existencia muy brutal, muy triste, muy mala onda. Vengo de un entorno familiar donde nunca había un horizonte de algo bueno. Fui educado en un catolicismo que solo cree en cargar la cruz, no en que va a haber una redención. No había un sentido, un para qué. Es ese catolicismo de campo. Toda mi familia vivió del campo, son todos yugoslavos, gente muy tosca, de muy pocas palabras. Y yo no sé qué me pasó a mí, que en un momento me harté de esa existencia, estaba casado, me separé, terminé de estudiar, que era una especie de obligación que yo tenía, porque mi viejo me inscribió en la universidad. Esa fue la primera pregunta que me hizo mi psicóloga, ¿su padre lo inscribió en la universidad?

—Dada esta existencia brutal, ¿dirías que tu estado de ánimo de ese momento influyó en el tono del libro?

—Mi estado de ánimo ES el tono del libro. Yo me acuerdo muy bien de cómo estaba yo cuando escribí esas cosas, fue un libro que escribí muy solo y muy hecho mierda. Yo había comenzado terapia un par de años antes, porque ya no me aguantaba. Mi vieja se había mudado acá a Berazategui y había dejado una casa allá en Córdoba, me separé y me fui a vivir ahí. Era una casa que estaba vacía, no tenía muebles, había un colchón de una plaza y una bandera argentina que había tenido yo cuando vivía ahí. Me tapé con esa bandera durante dos años. No tenía ni sábanas. Ahí escribí el bruto de la novela. En un momento empecé a rodearme de basura y se me empezó a caer toda la casa. Se me empezaron a tapar todas las cañerías, me dejó de andar el calefón, me dejó de andar la heladera, empecé a bañarme en un departamentito que había al fondo, hasta que también dejó de andar eso. En el patio, los yuyos tenían un metro de altura. Para que te des una idea, a veces venía un linyera a dormir a mi casa, un tipo que dormía en la calle. Y cuando llegaba, limpiaba el lugar en el que él iba a dormir. El tipo dormía en la calle pero en mi casa limpiaba. Estaba viviendo en una demolición. Yo me separé, me pegué un tiro políticamente en la universidad en donde trabajaba y escribí ese libro, todo como parte de un mismo proceso, de un mismo clima mental. Y ese libro, de hecho, trata sobre el abandono de una forma de vida. 

—Todo lo que se lee sobre Bajo este sol tremendo son buenas críticas. ¿Recibiste malas críticas?

—No, nunca. Lo más parecido fue algo que salió en un blog de acá, de uno que se ve que estaba muy embolado conmigo y se agarraba de unos argumentos muy mogólicos… como que Tancacha no era donde yo decía… ¡y si, loco! Yo agarré el Google y miré las distancias. Pero eso no califica como crítica mala. Y después un italiano que salió desde un blog de literatura negra a decir que no es un libro negro, y que yo no soy tan bueno como dicen. Pero no sé si llega a ser una crítica, tampoco.

—El éxito de este libro fue tan grande y repentino que casi te obliga a seguir escribiendo. ¿Pero querés ser escritor?

—Durante mucho tiempo la literatura para mí fue la posibilidad de escaparme, fue esa cosa que estaba re buena. Yo, por ejemplo, leía a Bukowski mientras laburaba en una fábrica. Para mí Bukowski no es la borrachera y las putas, sino eso del laburante, del odio hacia el patrón y el odio a la propia existencia por tener que ir ahí… entonces por momentos estaba la redención del Bukowski que la había pegado un poco, ya más viejo, con un BMW en la puerta, ¿viste? Para mí ser escritor sobre todo significaba eso. Siento que yo siempre quise ser escritor, siempre pensé que era lo más grande que había y lo más grande que yo pudiera querer. Pero en algún punto mi vida no cambió. Sigo durmiendo en un colchón, solo que ahora tengo sábanas. La última vez que lo vi a Herralde estuvimos tomando whisky en el hotel Alvear. Después me volví a pata a mi casa, pensando, mal, porque le estaba dando excusas, y entro a mi monoambiente y digo… ¿qué soy? Porque sí, estoy en el Alvear hablando con Herralde… ¡el viejo viene a pedime cosas! ¡Él me llama a mí! Y a la vez, me voy de ahí y entro a mi departamento y me están comiendo las cucarachas… entonces digo, ¿soy escritor? ¿Qué soy?

—¿Por qué no te comprás una cama?

—Porque tengo la idea de que un día me van a desalojar y voy a estar como un pelotudo en la calle con la cama. 

¿Sentís que formas parte de algo colectivo, de una generación, o de un grupo de escritores?

—No, para nada. A veces siento que todos hablan de algo que yo no sé, que todos entienden un chiste que yo no entiendo. El otro día una ex alumna, que me vende drogas, apareció en un momento que yo estaba muy en crisis, entonces me dice ‘’loco, vos sos muy exigente con vos mismo’’. Y después me quedé pensando, no es que yo me esfuerce mucho o sea muy exigente. Lo que yo no entiendo es cómo está contenta la gente con lo boluda que es. Si yo fuera como es la mayoría de la gente estaría escondido debajo de una mesa. Siento un odio por lo fácil que les resulta todo a los patanes. 

¿Quiénes son los patanes?

—La gente autosatisfecha, que está contenta con todo lo que hace, que escribe un libro en dos semanas, que sale a hablar en todos lados, que escribe para cogerse minas. Pero los boludos prosperan. Yo soy todo lo contrario, no soy utilitario, siento que tengo una disfuncionalidad. Siento que hay cosas que son para otros. 

¿Cómo es eso?

—No sé, no me puedo permitir cosas. Hay cosas que considero que no las merezco, que no son para mí. Viajar, por ejemplo. Mis amigos me preguntan cuándo voy a hacer un viaje. Ahora tengo un amigo que está en Europa, en la Cannabis Cup, que es la copa mundial del porro, y me dice ‘’border, pagate el pasaje, acá dormís, yo estoy en un departamento’’ y yo no sé, no puedo hacerlo, tengo la guita pero es como si no la tuviera, porque lo único que tengo es miedo a perderla. Vivo como un estudiante universitario de primer año. Tengo un auto en Córdoba, mi ex mujer me dice que me lo lleve y lo use, pero no lo hago. Creo que soy así porque me molesta tener que ocuparme de las cosas, no quiero pagar impuestos de un auto, no quiero ir a un taller a buscar un repuesto. Si ando en auto tengo once veces más probabilidades de que me pare la cana, de tener que hablar con un cana por algo, no podría ni fumarme un porro tranquilo. Yo no quiero eso. 

¿Qué estás escribiendo ahora?

—Estoy acumulando material. Quisiera escribir una novela inapelable, que sea completamente sólida. Estoy hace como dos años con esto, pero escribiendo desde hace no tanto. Yo no tengo problema de laburar, siempre y cuando encuentre la historia. Pero hasta que no la encuentro es muy difícil. Tengo que encontrar el tránsito del personaje, qué es lo que le pasa, cómo va a reaccionar ante determinadas cosas, muy de a poco le encuentro un sentido, y a partir de ahí puedo laburarlo. Yo creo que el problema de esta próxima novela ya lo tengo, y tiene que ver con la absorción de la idea de que las cosas se terminan. Pero estoy viendo cómo encarar el malestar. Aquí hay un personaje que siente que está muy enfermo y que se va a morir. Hay muchas más cosas, pero la línea argumental va por ahí. 

Sé que muchos te preguntan cuándo vas a publicar otro libro. ¿Te lleva mucho tiempo escribir? ¿Descartás mucho?

—Todo me lleva muchísimo tiempo. Es un proceso muy tortuoso, muy de armar las cosas de a poquito. Descarto todo el tiempo. Tengo miles de archivitos por un costado que tienen el nombre de la primera oración. Después ya voy teniendo cosas un poco más armadas. Pero tengo lo que se llama una aproximación asintótica a las cosas. Asintótico es algo que se aproxima mucho a una cosa pero sin llegar a tocarla. Una línea que se acerca infinitamente a un eje pero que jamás lo va a tocar. Yo me aproximo, me aproximo, me aproximo, y cuando estoy re podrido eso quiere decir que llegué. 

¿Por qué deberían leerte?

—No sé si deberían leerme, pero sí te puedo decir que mi lector ideal es igual a mí, un hijo de puta mala onda que te cierra un libro a los cinco minutos de haberse aburrido. Yo respeto a un tipo que es como yo, que no puede aburrirse. Yo tengo que domar a un tipo como ese.  No te puedo dejar aburrir ni un minuto.

Tu historia con Bajo este sol tremendo es una historia de éxito. ¿Qué es lo que más te gusta de ese éxito?

—Mirá, hay un libro de David Leavitt que se llama ‘’El lenguaje perdido de las grúas’’, es hermoso, es muy sutil. Ahí habla de un niño que era hijo de una psicótica que a veces se iba, no lo alimentaba, la mina salía y el pibe lloraba todo el tiempo, les rompía los huevos a los vecinos. Y un día el pibe deja de llorar. Entonces los vecinos, después de que pasan un par de días y no la ven a la madre, entran al departamento. Lo encuentran al chiquito, parado en la cuna mirando por la ventana a unas grúas. Y el pibe imita con los brazos los movimientos de las grúas, y así deja de llorar, porque comparando con el desastre que tenía de madre, qué sólidas, qué previsibles, qué organizadas eran las grúas. Y ahí Leavitt dice que lo importante es que uno se transforme en lo que ama. Y eso me parece hermoso, esa idea de transformarse en lo que uno ama. ¿Y a qué iba con esto? Ah, que para mí lo mejor, lo más fuerte que me pasó con esto, es saber que ese mismo tipo que una vez aprobó a Bukowski, me aprobó a mí. Así de pelotudo soy.

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*Es licenciada y magister en historia. Le gusta leer y escribir.

tucumán, una etimología (VIII)

Con esta entrada continuamos la serie de textos que se adentran en el arcaico nombre de la provincia a travez de las diversas definiciones dadas por diferentes escritores.

Esta etimología es propuesta por Adán Quiroga, contemporáneo y amigo de Lafone Quevedo, a quien incluye en la dedicatoria de su libro “Calchaquí”, edición 1897, que ahora transcribimos:

…úsanse indistintamente por los cronistas las denominaciones de Tucumán, Tucuma, Tucuimán, Tucumano, etc.

El verdadero nombre es, sin dudas, Tucumán, que deriva del cacique Tucma, y así dice el P. Lozano.

Pero ¿qué es Tucu? ¿Qué significa la partícula man?

Marian Ullua. Internet. 2019.

En el idioma cuzqueño, tucu, quiere decir que acaba, y man: en dirección á; luego la palabra podría traducirse literalmente por: dirección a donde acaba, y quizá se diría porque el Continente, en forma canónica, “va a cabar luego”, o también porque es el Tucumán “acaba la dominación ó marca del Inca”. Tucu o más bien tacu así mismo, es algarrobo ó algarrobal, y tal vez la palabra propuesta tradujerase por “hacia ó el lugar de los algarrobos”. Es de advertir que el pueblo de Tucumanao está rodeado de algarrobales.

Curioso es, y alguna vez me ha preocupado, observar en esta cuestión que en Catamarca y demás provincias contiguas hay un coleóptero de ojos muy brillantes que se denomina tucu ó tuco, y que muy bien Tucu – man pudiera traducirse por “hacia los tucus”, ó el país donde hay tucos. El tuco nuestro es especialísimo, y no es la conocida luciérnaga, que en el idioma quichua se llama ninaqueru, y á la cual hasta hoy se denomina linaquero. La especialidad de este coleóptero pudo haber dado su nombre á la Provincia, pues que los indios tomaban los nombres de caciques ó de los pueblos de las mayores frivolidades.

Las obras acá incluidas pertenecen a Mariano Ullúa.
Las obras de arcilla y esmalte sintético son de la serie «se decir un vaso de agua por favor y tambien se decir tranquilo va a estar too bien», 2014. Las pinturas son del 2019 y se titulan «Internet» y «Museo de la libertad»